martes, 28 de mayo de 2013

IRENE. LAS CIUDADES Y EL NOMBRE. 5


Irene es la ciudad que se asoma al borde del altiplano a la hora en que las luces
se encienden y en el aire límpido se ve allá en el fondo la rosa del poblado: donde es
más densa de ventanas, donde ralea en senderos apenas iluminados, donde
amontona sombras de jardines, y levanta torres con luces de señales; y si la noche es
brumosa, un esfumado claror se hincha como una esponja lechosa al pie de las
caletas.
Los viajeros del altiplano, los pastores con los rebaños trashumantes, los
pajareros que vigilan sus redes, los ermitaños que recogen raíces, todos miran hacia
abajo y hablan de Irene. El viento trae a veces una música de bombos y trompetas, el
chisporroteo de los disparos en las luces de una fiesta; a veces el desgranar de la
metralla, la explosión de un polvorín en el cielo amarillo de los fuegos encendidos
por la guerra civil. Los que miran desde arriba hacen conjeturas acerca de lo que está
sucediendo en la ciudad, se preguntan si estaría bien o mal encontrarse en Irene esa
noche. No es que tengan intención de ir —y de todos modos los caminos que bajan al
valle son malos— pero Irene imanta miradas y pensamientos del que esta allá en lo
alto.
Llegado a este punto Kublai Kan espera que Marco hable de una Irene como
se ve desde adentro. Y Marco no puede hacerlo: qué es la ciudad que los del altiplano
llaman Irene, no ha conseguido saberlo; por lo demás poco importa: si se la viera
estando en medio sería otra ciudad; Irene es un nombre de ciudad de lejos, y si uno
se acerca, cambia.
La ciudad, para el que pasa sin entrar, es una, y otra para el que está preso de
ella y no sale; una es la ciudad a la que se llega la primera vez, otra la que se deja
para no volver; cada una merece un nombre diferente; quizá de Irene he hablado ya
bajo otros nombres; quizá no he hablado sino de Irene.

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